
El pasado 28 de noviembre se conmemoró el trigésimo aniversario del inicio de la Asociación Euromediterránea, conocida más adelante como el Proceso de Barcelona. En 1995, sus 27 miembros —los entonces 15 de la Unión Europea (UE) junto con Argelia, Chipre, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Malta, Marruecos, Siria, Túnez y Turquía, y la Autoridad Nacional Palestina— confiaban en que se abría una nueva y prometedora etapa en las relaciones entre ambas orillas del Mediterráneo. Sin embargo, hoy ese esquema regional ocupa un lugar marginal en la agenda de sus integrantes.
La idea de una asociación euro-mediterránea es necesaria y aconsejable, pero sin una voluntad política fuerte y una visión estratégica, no es posible avanzar. Medido en función de sus propios objetivos, el balance del Proceso de Barcelona es insatisfactorio, a pesar de ser el único marco internacional donde palestinos e israelíes se sientan en un plano de igualdad.
El objetivo central de la Unión para el Mediterráneo (UpM), que reemplazó al Proceso de Barcelona en 2008, era crear un espacio de paz y prosperidad compartida. Sin embargo, la situación actual en la orilla sur y este del Mediterráneo dista mucho de este ideal.
En términos de paz, la región enfrenta múltiples conflictos. Israel lleva a cabo un genocidio en Gaza y abusa diariamente de los derechos de los habitantes de Cisjordania. La violencia también se ha extendido al Líbano y a Siria, con las fuerzas israelíes violando acuerdos de cese de hostilidades y la soberanía nacional de sus vecinos. Además, las tensiones entre Marruecos y Argelia, enfrascados en una competencia por el liderazgo del Magreb, y la inestabilidad en Libia, que no es miembro de la UpM, añaden a la complejidad de la región.
En cuanto al bienestar y la prosperidad, dejando de lado a los 27 miembros de la UE, el espacio euro-mediterráneo figura entre las regiones con mayores brechas de desigualdad del planeta. El malestar de las poblaciones del sur desató en 2011 una oleada de movilizaciones ciudadanas conocidas como la «primavera árabe», que levantó expectativas de cambio que, desgraciadamente, se han visto frustradas. Los motivos sociales, políticos y económicos que provocaron aquellos movimientos no han desaparecido, y la imposibilidad de desarrollar una vida digna explica en buena medida la pulsión migratoria hacia la UE, que cada vez más opta por medidas represivas y refuerza la imagen de la «Europa fortaleza», contraria a sus propios valores y principios.
La situación no es responsabilidad exclusiva de los Veintisiete. Los gobiernos de los países magrebíes y de Oriente Medio también tienen la responsabilidad de satisfacer las necesidades básicas de sus poblaciones, respetar sus derechos fundamentales y promover sistemas políticos auténticamente representativos y democráticos. Sin embargo, un repaso por los tres «cestos» de colaboración del Proceso de Barcelona revela una imagen de insuficiencia.
En el ámbito de la cooperación política y de seguridad, nunca se ha logrado asentar la celebración regular de cumbres entre jefes de Estado y de Gobierno como marco para acercar posiciones ante posibles tensiones. El papel del Proceso de Barcelona en reconducir el conflicto palestino-israelí ha sido irrelevante, y en el contexto de la «primavera árabe», la UE no ha estado al lado de las poblaciones que demandaban libertad, dignidad y trabajo. En su lugar, se ha apostado por golpistas confesos en defensa de una estabilidad mal entendida que condena a la democracia al mundo de los sueños incumplidos.
En cuanto a la cooperación económica y financiera, la idea de una zona euro-mediterránea de libre comercio es una invocación vacía de contenido. La UE sigue siendo el principal socio comercial de la mayoría de sus vecinos mediterráneos, pero no ha empleado esa posición para promover reformas en unos países escasamente competitivos ni para integrarlos en la dinámica comunitaria. La financiación ha sido insuficiente para vencer la resistencia al cambio de muchos gobernantes anclados en modelos obsoletos.
Por último, en el capítulo de la cooperación social, cultural y humana, no se han logrado desterrar los estereotipos recíprocos. El sentimiento antioccidental aumenta en muchos casos, especialmente con la inacción de los Veintisiete ante el genocidio israelí en Gaza. La percepción negativa sobre los inmigrantes que llegan a suelo comunitario está siendo aprovechada por movimientos populistas que alimentan un instinto ultranacionalista que percibe al que llega como una amenaza.
Ante esta falta de resultados, podría parecer que lo mejor es olvidarse del Proceso de Barcelona y optar por encastillarse frente a una vecindad hostil. Sin embargo, eso sería un grave error. En un mundo tan interdependiente, es imposible crear una fortaleza inexpugnable. Además, no hay futuro para la UE sin incorporar al resto de los países mediterráneos a su dinámica. La idea de la asociación euro-mediterránea sigue siendo necesaria y aconsejable, pero sin una voluntad política fuerte y una visión estratégica, no es posible avanzar.
