
La guerra entre Israel e Irán se intensifica con ataques reciprocos. Israel ha lanzado una serie de operaciones militares contra Irán, miradas para colpir el programa nuclear de la República islámica, sus infraestructuras defensivas, el sector energético y numerosas áreas residenciales en las principales ciudades iranianas. En respuesta, Teherán ha lanzado salvas de misiles y drones contra las ciudades israelianas, muchos de los cuales han sido interceptados por los sistemas de defensa de Tel Aviv. Este conflicto ha ya causado la muerte de más de 140 ciudadanos iranianos, la mitad de los cuales son niños, según las autoridades de Teherán. Las víctimas israelianas son hasta ahora 13.
No obstante el creciente bilancio humano, Israel considera la operación iniciada la noche entre el 12 y el 13 de junio un parcial éxito militar.
En solo tres días, Tel Aviv ha eliminado parte del alto mando de las fuerzas armadas iranianas, atacado las infraestructuras nucleares y energéticas del país, entre ellas el más grande yacimiento de gas natural del mundo, South Pars, compartido con el Qatar, ahora parcialmente fuera de uso, y ha desviado los delicados negocios en curso entre Estados Unidos y Irán.
A pesar de los apelos internacionales para una cesación inmediata de las hostilidades, queda incierto cuanto margen tendrá la diplomacia para influir en el curso del conflicto.
Victimas destacadas
Los ataques israelianos han causado daños significativos a la cadena de mando militar de la República Islámica, atacando figuras apicales en el proceso decisional militar iraniano. Entre las víctimas más relevantes se encuentran Mohammad Bagheri, Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas; Hossein Salami, Comandante en Jefe del Cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica (Irgc, pasdaran); Amir Ali Hajizadeh, comandante de la Fuerza Aeroespacial de los pasdaran y responsable del programa missilístico iraniano; y Ali Shamkhani, asesor político de la Guía Ali Khamenei y supervisor de los coloquios nucleares entre Teherán y Washington. Estos individuos, especialmente Hajizadeh y Shamkhani, son difíciles de sustituir.
Además, numerosos científicos involucrados en el programa nuclear iraniano han sido atacados, aunque sus muertes no parecen destinadas a bloquear el programa nuclear de Teherán.
Además de los altos mandos militares, Tel Aviv ha atacado varias bases operativas y infraestructuras energéticas cruciales, como el ya citado yacimiento de South Pars, ahora parcialmente fuera de uso.
Impacto en el programa nuclear
Es complicado evaluar con precisión la entidad de los daños a causa de las informaciones fragmentarias y divergentes. El complejo de arricheimiento de Fordow, situado en profundidad bajo las montañas, parece haber sufrido daños mínimos, así como el Centro de tecnología nuclear de Isfahan. Más grave parece la situación del complejo de Natanz, donde se señalan daños significativos a la infraestructura de alimentación eléctrica, un golpe potencialmente en grado de comprometer el funcionamiento de las centrifugas para el arricheimiento del uranio.
Aunque los golpes influidos a la República Islámica sean duros, el programa nuclear iraniano, al momento, no parece haber sufrido daños irreparables. Teherán podría decidirse dotarse de una arma nuclear como último instrumento útil para restablecer su propia deterrencia frente a Israel.
Perspectiva estratégica de Tel Aviv
El Irán representa la última y más peligrosa pieza de una tablero regional que Israel tiene como objetivo neutralizar. El objetivo más ambicioso, si bien difícilmente alcanzable, parece ser el de provocar una implosión interna del sistema de poder iraniano a través de una combinación de presiones militares y económicas.
La campaña militar en curso no es una acción aislada, sino la última fase de un plan de largo plazo dirigido a debilitar progresivamente la República Islámica para luego colpir su corazón.
Esta estrategia se inserta en el marco de la llamada “Doctrina Octopus”, cuyo objetivo es atacar directamente la “cabeza” del llamado Eje de la Resistencia, es decir, el Irán, después de años de operaciones dirigidas contra sus “tentáculos”, sus aliados regionales.
En esta óptica se pueden leer las operaciones de Israel de los últimos meses, entre ellas los ataques contra las reservas de misiles de Hezbollah en Líbano, las eliminaciones de líderes de primer nivel de la alianza, y el desmantelamiento de las redes logísticas y operativas filo-iranianas en Siria, Irak y Yemen.
Sin embargo, un cambio de régimen queda como el objetivo más difícilmente alcanzable para Tel Aviv, tanto por los riesgos que una operación de este tipo podría comportar, como por las posiciones asumidas por la sociedad civil iraniana, que no ve en Israel una vía de salvación, sino un actor que ha movido guerra contra su país.
Actualmente, el Iran está teniendo dificultades para mantener el enfrentamiento con la superioridad militar israelí, en gran parte debido a la marcada disparidad en los inversiones en defensa. La gasto militar iraní es aproximadamente siete veces menor que el de Israel. Además, en relación al PIB, Tel Aviv destina al sector militar una cuota doble que Teherán. Sin embargo, si el conflicto se prolonga durante un período medio-largo, el Iran podría intentar compensar ese desventaja haciendo hincapié en un sector industrial más amplio y flexible, con la posibilidad de reorientar progresivamente el aparato productivo en función bélica. En otras palabras, Teherán podría transformar su economía en una economía de guerra. Otra opción, si bien extremista, disponible para el Iran sería la aplicación de un bloqueo del Estrecho de Hormuz, un snodo crucial para el tráfico energético global. Sin embargo, esta medida parece difícilmente percorribile. Por un lado, una interrupción de los transbordadores marítimos provocaría consecuencias económicas de tal magnitud que probablemente obligaría a los Estados Unidos a un intervención militar directa; del otro lado, el bloqueo penalizaría también a importantes aliados del Iran, como la China y la Rusia, comprometiendo los delicados equilibrios diplomáticos sobre los que Teherán actualmente se apoya.
Perspectivas del conflicto
Si la prolongación del conflicto impone evidentes límites y la hipótesis de un bloqueo comercial se presenta igualmente arriesgada, para Teherán las opciones en el mesa parecen cada vez más restringidas. Una posibilidad, la más radical, sería la adquisición de la arma atómica. Esto reestablecería una forma de deterrencia frente a Israel, pero exponería al Iran a un aislamiento internacional aún más marcado. Washington probablemente sería empujada a intervenir para desmantelar el programa nuclear iraní, y la República Islámica correría el riesgo de ser equiparada, en el plano diplomático, a un “estado paria” como Corea del Norte. También hay la posibilidad de un regreso a las negociaciones. Diversos actores se han declarado dispuestos a favorecer una reanudación del diálogo, desde Rusia hasta los países E3 (Francia, Alemania y Reino Unido). Sin embargo, la credibilidad de estos últimos aparece hoy en día fuertemente comprometida en los ojos de Teherán, especialmente después de la reciente resolución de condena promovida dentro de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) que ha acusado al Iran de no cumplir con los compromisos impuestos por el tratado nuclear. La confianza en los tres países europeos se ha incrinado, mientras que queda incierta la verdadera capacidad de Moscú de mediar eficazmente. En la luz de esto, podrían ser los actores del Golfo los más fiables interlocutores para Teherán en una fase tan delicada. Las monarquías de la Península Arábiga, aunque históricamente han mantenido relaciones tensas con el Iran, son hoy entre los sujetos más preocupados por el activismo hegemónico regional de Israel. Además, la influencia política y económica que algunos de estos países ejercen sobre la administración Trump, unida al reciente acercamiento diplomático con Teherán, podría hacerlos el canal más prometedor para contener la escalada y reanudar un proceso de negociación.
