
La economía global muestra una resiliencia notable, pero esta se asienta sobre fundamentos cada vez más frágiles. A pesar del proteccionismo de Estados Unidos, la economía mundial continúa creciendo por encima de lo esperado. Este crecimiento se debe al dinamismo del sudeste asiático, la estabilidad de los precios energéticos, la inversión en inteligencia artificial y centros de datos, y la rápida adaptación del sector privado a un nuevo marco geoeconómico. Sin embargo, la incertidumbre y las tensiones geopolíticas anticipan un ciclo de expansión más débil. Estados Unidos crecerá más de lo previsto, mientras que las economías del sudeste asiático, con la India a la cabeza, siguen siendo las más dinámicas. Los países europeos y Japón aceleran levemente su crecimiento, y España destaca con el mayor crecimiento entre las economías avanzadas por segundo año consecutivo.
Los riesgos financieros y fiscales globales están en aumento. El auge de los mercados bursátiles impulsado por la inteligencia artificial y la expansión de los intermediarios financieros no bancarios podría amplificar vulnerabilidades si las expectativas de aumento de la productividad por la aplicación de las nuevas tecnologías no se cumplen. Además, el uso político del dólar, los ataques a la independencia de la Reserva Federal, la elevada deuda estadounidense y la proliferación de stablecoins anuncian una reconfiguración de la “geopolítica del dinero” y los sistemas de pagos.
La economía mundial sigue creciendo a pesar de la subida de los aranceles por parte de Estados Unidos
El motor principal de este crecimiento es el dinamismo de las economías del sudeste asiático. Sin embargo, existe una burbuja en los mercados financieros estadounidenses derivados de las inversiones en inteligencia artificial y centros de datos, que podría lastrar el crecimiento si estallara. Aunque el impacto de esta hipotética corrección en los mercados sería menor al de la crisis financiera de 2008, se parecería al pinchazo de la burbuja puntocom de hace 25 años. La acumulación de deuda es un problema cada vez más serio, especialmente en Estados Unidos, y podría llevar a la pérdida de centralidad del dólar en el sistema monetario internacional. El desarrollo del mercado de stablecoins impulsado por Estados Unidos abre oportunidades, pero también incertidumbres, y podría generar problemas de inestabilidad financiera o revolucionar los sistemas de pagos y redibujar la geopolítica de las divisas.
Las perspectivas económicas presentadas por el FMI en abril de 2025 eran sombrías debido a las propuestas iniciales de aranceles de Trump
Aun así, la economía mundial ha mostrado una sorprendente resiliencia. El FMI alerta de que la economía global está perdiendo fuelle y que en 2026 tendrá un crecimiento más débil, una inflación desigual entre regiones y una serie de riesgos a la baja. El crecimiento mundial se sitúa en el 3,2% en 2025 y en el 3,1% en 2026. Las economías avanzadas crecerán en torno al 1,6%, mientras que las economías emergentes y en desarrollo avanzarán algo más del 4%. El dinamismo del sudeste asiático y de algunas economías africanas revitaliza la idea de convergencia entre economías avanzadas y emergentes. El precio del petróleo sigue siendo relativamente reducido, lo que facilita el crecimiento, y la inflación sigue descendiendo, aunque con marcadas diferencias entre países.
El Peterson Institute for International Economics coincide en el diagnóstico de resiliencia, pero advierte de una desaceleración más intensa en 2026
Aunque el crecimiento global ha resistido mejor de lo esperado, cada economía se enfrenta a vientos en contra distintos y riesgos específicos. La fortaleza actual de Estados Unidos depende en buena medida del entusiasmo que rodea la inteligencia artificial. Su adopción masiva podría elevar la productividad y el crecimiento a largo plazo, pero nada asegura que dichas ganancias se vayan a materializar y, cuando lo hagan, podrían generar enormes desigualdades.
En Estados Unidos, que sigue siendo la principal economía del planeta, conviven fuerzas que avanzan en direcciones opuestas
Los aranceles han subido alrededor de un 15% de media y se sitúan en máximos desde la Gran Depresión. Aunque su efecto en la inflación agregada se ha visto amortiguado por la flexibilidad de las empresas, terminará pasando factura sobre el crecimiento y la inflación, lo que podría forzar a la Reserva Federal a subir los tipos de interés. Además, las deportaciones están reduciendo la oferta de trabajo y el menor dinamismo de los sectores de bajo y medio valor añadido están reduciendo el ritmo de creación de empleo. Sin embargo, la inversión en centros de datos e inteligencia artificial ha despertado los animal spirits y constituye el principal motor de la economía, empujando la formación bruta de capital, llevando las valoraciones bursátiles a máximos históricos y sosteniendo la demanda privada por el efecto riqueza. Si esto se combina con el impacto fiscal expansivo y la ola de desregulación, la economía estadounidense estará muy lejos de la recesión pronosticada.
La relación deuda/PIB de Estados Unidos, ya en el entorno del 120%, seguirá aumentando rápidamente por los recortes de impuestos y el aumento del gasto. Aunque este incremento continuo no desemboque en una crisis, debilitará los cimientos del crecimiento a medio y largo plazo. Fiarlo todo a que las inversiones en inteligencia artificial y centros de datos elevarán el potencial de crecimiento lo suficiente como para bajar la deuda y que el papel del dólar como moneda incontestable de reserva del sistema internacional permitirá a Estados Unidos financiarse sin límites, parece una apuesta arriesgada.
Los países europeos seguirán teniendo un crecimiento débil, aunque algo mayor que en años pasados, mientras que las economías del sudeste asiático liderarán una vez más el crecimiento global. Europa crecerá en torno al 1,2% en 2025 y al 1,1% en 2026. El crecimiento no será homogéneo: economías como la de España, Italia, Grecia y Portugal tendrán un mayor dinamismo, mientras que Alemania, Francia y el Reino Unido se enfrentarán a vientos en contra.
España destaca por superar las expectativas de crecimiento dentro de la eurozona, gracias a la fortaleza de la demanda interna, el bajo coste energético, la entrada de inmigrantes, un mercado laboral más robusto de lo previsto, el dinamismo de las exportaciones de servicios no turísticos, los fondos NextGenerationEU y el impulso del turismo. Además, la inversión privada empieza a aumentar, lo que permite anticipar un crecimiento del 2,9% para 2025.
Aun así, España comparte con el resto de los países europeos retos estructurales como la baja productividad, la sostenibilidad de las pensiones ante los cambios demográficos, la elevada deuda pública, la necesidad de reorientar la inversión hacia la innovación, la educación y la transición energética, así como la urgencia de reconstruir consensos políticos que permitan hacer avanzar el proceso de integración europeo en materia bancaria, de los mercados de capitales y de la unión fiscal.
El FMI recomienda mejorar la calidad del gasto público para sostener el crecimiento en un entorno de recursos fiscales limitados. La productividad y los avances en innovación dependerán de asignar mejor los recursos públicos a la I+D, el capital humano, la digitalización y la transición verde, así como de eliminar cuellos de botella institucionales.
La Unión Europea en busca de un futuro común
La reciente carta firmada por líderes europeos al presidente del Consejo Europeo apunta en la misma dirección: simplificar normas y reducir cargas regulatorias para impulsar la competitividad de las empresas. El documento reclama una revisión sistemática de la regulación europea y un flujo constante de propuestas de simplificación por parte de la Comisión, reflejando un consenso creciente de que menos trabas burocráticas y mayor eficiencia del gasto son claves para reactivar el potencial económico del bloque.
De hecho, existe consenso en que, si la zona euro optara por emitir eurobonos para financiar bienes públicos europeos, los inversores internacionales los recibirían con los brazos abiertos. Esto contribuiría a potenciar el papel internacional del euro y, con ello, el poder monetario de la Unión Europea. Lamentablemente, parece que las resistencias en algunas capitales del norte de Europa no harán posible que los europeos aprovechen esta oportunidad.
La muy modesta propuesta de la Comisión Europea para el próximo Marco Financiero Plurianual europeo deja claro que no confía en que exista suficiente consenso político como para aumentar de forma significativa el gasto y la inversión en Europa.
Asia: el motor del crecimiento global
Mientras la UE intenta resolver sus contradicciones internas, Asia se consolida como el motor del crecimiento global. Japón muestra una progresión moderada, con una expansión proyectada del 1,1% en 2025, que volvería a desacelerarse al 0,6% en 2026. La India se coloca como el país de moda en la economía mundial, con tasas de crecimiento del 6,6% en 2025 y del 6,2% en 2026, impulsada por la fuerza de su demanda interna y una notable resistencia al entorno de mayores aranceles.
China, por su parte, mantiene una expansión más moderada -4,8% en 2025 y 4,2% en 2026- marcada por la persistente debilidad del sector inmobiliario y la amenaza de una trampa de deuda y deflación si la confianza no se recupera. Su fortaleza exportadora en manufacturas ha compensado parcialmente la pérdida de dinamismo doméstico, pero el gran reto de las autoridades será lograr que las futuras tasas de crecimiento sean compatibles con la estabilidad política en un contexto de rivalidad creciente con Estados Unidos y de aumento del control de la economía por parte del Partido Comunista Chino.
África Subsahariana y América Latina
África Subsahariana mantiene un ritmo sólido y sostenido, con un crecimiento estimado del 4,1% en 2025 y una ligera mejora al 4,4% en 2026, impulsado por sectores energéticos y demográficos. En contraste, América Latina y el Caribe continúan con un desempeño moderado, con una tasa de expansión del 2,4% en 2025, que apenas desciende al 2,3% en 2026, reflejando la debilidad estructural tanto de la inversión como de la productividad en la región.
Además, en Washington se ha debatido intensamente si el apoyo financiero de la Administración Trump al gobierno argentino será suficiente para evitar una abrupta devaluación.
Los temas calientes de la agenda macroeconómica internacional incluyen la posible burbuja en los mercados bursátiles estadounidenses. Por un lado, algunos creen que la productividad generada por la inteligencia artificial y las inversiones en centros de datos justifican las valoraciones actuales de las grandes empresas tecnológicas. Si el crecimiento efectivamente se acelera, cabe preguntarse si la riqueza podrá ser redistribuida a lo largo y ancho de la sociedad o si, por el contrario, nos veremos abocados a una nueva era de tecno-feudalismo. Por otro lado, otros advierten de que este salto de productividad será mucho menor del esperado, por lo que sólo es cuestión de tiempo que se produzca una brusca corrección de los mercados bursátiles.
El informe de estabilidad financiera del FMI plantea que el boom bursátil y la elevada liquidez pueden amplificar las vulnerabilidades en el sistema financiero. Advierte sobre riesgos crecientes en los mercados de deuda y, sobre todo, de la expansión acelerada de los intermediarios financieros no bancarios. Los test de estrés muestran que las debilidades de estos actores pueden transmitirse con rapidez al sistema bancario tradicional debido a sus interconexiones, complicando la gestión de hipotéticas crisis. Por lo tanto, el FMI propone reforzar los estándares de Basilea III, mejorar los marcos de resolución bancaria y fortalecer la asistencia de liquidez de emergencia para proteger el núcleo del sistema financiero, además de intensificar la supervisión de las instituciones financieras no bancarias, cuyo peso creciente está redefiniendo el mapa de los riesgos globales.
En el ámbito financiero, se ha hablado mucho del papel del dinero digital. Tanto las stablecoins como las monedas digitales soberanas emitidas por bancos centrales se están volviendo cada vez más populares en todo el mundo. Preocupa que la diferencia entre los enfoques regulatorios de Estados Unidos y la Unión Europea pueda generar inestabilidad financiera. La Genius Act estadounidense pretende aumentar las emisiones y el uso de las stablecoins a nivel global. De conseguirlo, podría aumentar la demanda de bonos del Tesoro de Estados Unidos, lo que bajaría los costes de financiación estadounidenses, reforzaría el papel del dólar y daría un nuevo empujón a la influencia de Estados Unidos en el sistema monetario internacional.
Por último, se ha vuelto a debatir la posible pérdida de centralidad del papel del dólar en el sistema monetario internacional. La elevada y creciente deuda pública estadounidense, los ataques a la independencia de la Reserva Federal, el uso global del billete verde para imponer sanciones a países díscolos, los intentos de la Administración Trump para seguir depreciando el dólar y la creciente multipolaridad económica mundial alimentan la posibilidad de que otras divisas ganen protagonismo como monedas de reserva. Sin embargo, en la medida en la que otras divisas no son todavía suficientemente atractivas, parece que, por el momento, el dólar seguirá siendo la opción menos mala.
