
El acuerdo reciente entre la Unión Europea (UE) y Estados Unidos (EEUU) ha generado una mezcla de reacciones políticas y empresariales en el seno de la UE, oscilando entre calificativos como derrota, sumisión y resignación. La incertidumbre inherente a las relaciones internacionales y la volubilidad del presidente estadounidense complican cualquier pronóstico sobre el cumplimiento de los compromisos anunciados. Sin embargo, está claro que este acuerdo trasciende el ámbito comercial, colocando a la UE en una posición incómoda.
En términos comerciales, el volumen total de intercambios trasatlánticos en 2024 fue de 1,6 billones de dólares, distribuido casi equitativamente entre bienes y servicios. La UE registró un superávit de unos 50.000 millones de dólares, derivado de un superávit de 200.000 millones en bienes y un déficit de 150.000 millones en servicios. Este superávit representa solo el 3% del total de los intercambios, una cifra que no justifica las acusaciones de desequilibrio insostenible que ha hecho el presidente estadounidense. La aceptación de un arancel genérico del 15% a las exportaciones comunitarias a EEUU, sin represalias, y el compromiso de adquirir más gas estadounidense y material de defensa, parecen una rendición ante EEUU, dejando un poso de dependencia y subordinación por parte de los Veintisiete.
Este acuerdo se enmarca en una dinámica donde la UE aspira a independizarse de EEUU, mientras que EEUU busca consolidar su proyecto económico y estratégico. La decisión de incrementar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB de todos los aliados de la OTAN, responde más a una exigencia de EEUU que a una necesidad técnica. Este incremento se traducirá en más compras de material de defensa a EEUU, dificultando aún más la autonomía estratégica europea.
Se puede argumentar que la represalia con aranceles habría sido perjudicial para la UE, provocando una subida de precios y complicando la labor del Banco Central Europeo. Sin embargo, antes del regreso del presidente estadounidense a la presidencia, el arancel genérico de EEUU era del 4,8%, y ahora será 10 puntos más alto. Además, las cifras anunciadas sobre inversiones y compras de materias primas energéticas parecen exageradas. En 2024, EEUU vendió gas por un valor total de 166.000 millones de dólares, de los cuales 76.000 fueron a clientes de la UE. Es difícil imaginar cómo EEUU podría vender gas a los Estados miembros de la UE por un total de 250.000 millones cada uno de los próximos tres años, además de atender a sus otros clientes.
El encuentro en el club de golf del presidente estadounidense, donde se celebró el acuerdo, fue inaceptable en las formas, transmitiendo una imagen de debilidad estructural por parte de los Veintisiete. La UE se encuentra en una posición de espera, a la merced de las decisiones de EEUU, que podría romper lo apalabrado y volver a las andadas, tratando de desmantelar el marco regulador comunitario.
Perspectiva económica
En términos económicos, el acuerdo no parece un desastre total, ya que los actores empresariales que quieran seguir negociando con EEUU no se verán comparativamente perjudicados. Sin embargo, desde una perspectiva geoestratégica, es un desastre sin paliativos. Internamente, ahonda la fragmentación entre los Veintisiete, y externamente, transmite a otros actores que la UE sigue sin ser un actor geopolítico relevante.
