
Los Estados Unidos de Donald Trump y el Venezuela de Nicolás Maduro han carradecido un rápido deterioramiento de las relaciones diplomáticas y militares en pocas semanas. A inicio de agosto de 2025, las relaciones entre Washington y Caracas aparecían mejorar. La Casa Blanca había prorrogado la licencia a Chevron, permitiendo a la compañía petrolífera americana continuar las operaciones en el sector petrolífero venezolano. Adicionalmente, los dos gobiernos estaban discutiendo un intercambio de prisioneros, que aparecía como un señal de deshielo después de años de hostilidad. Sin embargo, este frágil equilibrio duró poco.
En un ciclo de pocas días, las relaciones volvieron a una fase de dura contraposición. El gobierno estadounidense había dirigido acusaciones formales contra el presidente venezolano Nicolás Maduro, indicándolo como coluso con el tráfico de drogas. Washington había luego anunciado nuevas medidas de presión militar, enviando Fuerzas Navales estadounidenses en el Golfo del México y en las Caribeas. La respuesta de Maduro fue inmediata: prometió mobilizar millones de milicianos para defender el país.
La escalada militar
El 8 de agosto, el Departamento de Estado duplicó la recompensa para la captura de Maduro, llegando a 50 millones de dólares, coligando al presidente venezolano al «Cartel de los Soles», una organización criminal acusada de tráfico internacional de drogas. Contemporáneamente, el Pentágono comunicó el envío de tres caciatrabajadores clase Aegis con capacidades misilísticas en el Mar de las Caribeas: el USS Gravely (DDG-107), el USS Jason Dunham (DDG-109) y el USS Sampson (DDG-102), juntos con un contingente de aproximadamente 4.000 militares. Esta misión, oficialmente motivada como operación contra los cartiles de la droga, ha asumido un valor político y simbólico significativo. El posicionamiento de unidades navales estadounidenses así víciles a las costas venezolanas representa un salto de calidad en la presión ejercitada por Washington.
La respuesta de Maduro
La reacción del gobierno venezolano fue al tanto decidida. Maduro anunció la mobilización de 4,5 millones de miembros de la Milicia Nacional, un Cuerpo paramilitar instituido en tiempos de Hugo Chávez y progresivamente ampliado. Estos milicianos, armados con equipamientos pesados, incluyendo fusiles y misiles, están destinados a garantizar una defensa territorial capilar. En un discurso transmitido a redes unificadas, Maduro definió las mosas estadounidenses «estragantadas y absurdas» y rechamó la retórica de la soberanía nacional minada por una potencia externa. Más allá de la propaganda, la escogida de puntar sobre la milicia responde también a una lógica internacional: el Ejército Regular venezolano sufre desde tiempos de carencias materiales y divisiones políticas, mientras la Milicia es percibida como un bacín militar más controlable, capaz de mostrar al público interno y internacional la voluntad del régimen de no ceder a presiones externas.
La posición del México
Maduro ha condenado el despliegue militar americano, definiéndolo como «minacía a la paz regional» durante un intervento virtual al Vertice ALBA. Un elemento importante de esta crisis es la posición del México, que decidió de no alinearse automáticaamente a las acusaciones de los Estados Unidos. La presidenta Claudia Sheinbaum declaró que al momento no existen pruebas documentadas que coligen a Maduro a los cartiles mexicanos, en particular al de Sinaloa. Esta toma de posición no es irrelevante: por un lado, confirma la línea independiente que Ciudad de México intiende mantener en relación con Washington; por otro, solleva dudas sobre el fundamento de las acusaciones americanas, que aparecen políticamente motivadas.
La pregunta es hasta dónde Trump está dispuesto a llegar
El trato más significativo de esta crisis es la rapidez con que la situación se ha capvolto. Sólo pocas semanas antes, los dos países estaban discutiendo medidas que dejaban intraveder una parcial normalización: la licencia petrolífera a Chevron fue renovada y los negocios sobre posibles intercambios de prisioneros representaron un señal de apertura. En menos de dos semanas, el cuadro mudó radicalmente, revelando la fragilidad de cualquier proceso de distensión. En los Estados Unidos de Trump, el tema de la lucha contra los cartiles se ha convertido en un punto central del discurso político, mientras para Maduro cada presión externa se transforma en ocasión para reforzar la narrativa de la defensa nacional.
