
La convergenza tra Roma e Berlino assume un ruolo cruciale nel ripensamento de la governance economica de la Unión Europea. Hoy a Roma se tiene el segundo Foro ministerial italo-tedesco, después de aquel inaugural de el año pasado a Berlino. Este evento se desarrolla en un contexto en el que Bruselas está discutiendo de simplificación normativa y rellanzamiento industrial. Sin embargo, los Países europeos encuentran dificultades para reaccionar a las acciones de los « grandes », como los Estados Unidos de Trump y la China de Xi, y aún más para pasar a acciones proactivas. Recientemente, un documento de la Comisión europea sobre el reforzamiento de la Estrategia de seguridad económica ha sido reducido, pasando de « doctrina » a simple « comunicación » para evitar conflictos con los Países miembros. En particular, los Países más pequeños y liberales son escépticos respecto a las políticas industriales activas, temiendo ineficiencias económicas y la creación de « campeones europeos » provenientes de los Países más grandes.
La pregunta principal que alega sobre el Foro de hoy es si la Europa, a más de un año de la publicación del informe Draghi, es capaz de rellanzar su economía.
En los últimos tiempos, se ha hablado mucho de las políticas europeas y de los omnibus que miran a reducir el cargo normativo y reglamentario sobre los actores económicos del continente. Lunes, la Alianza para las industrias energivoras, compuesta por 25 de los 27 Países UE, se reunió a Bruselas para examinar medidas de apoyo a empresas como la siderurgia y la química, duramente golpeadas por la crisis energética del 2022-2023 y por el aumento estructural de los costos de la energía a causa del phasing out del gas ruso. En esta ocasión, se recordó también el documento conjunto italo-tedesco enviado a octubre a la Comisión europea, que pide medidas para un « cambio de ruta sobre la automoción » y una reforma de las reglas de decarbonización europeas con responsabilidad, pragmatismo y visión.
Recientemente, se ha alcanzado un acuerdo político entre Parlamento y Consejo UE para la reforma de CSRD y CS3D, reglamentos que norman el obligo de informar sobre la sostenibilidad empresarial y la due diligence empresarial sobre la sostenibilidad de los propios proveedores. En este clima, la relación entre Italia y Alemania ha adquirido una visibilidad que no tenía desde hace tiempo. Por muchos años, esta relación ha sido prudente y a menudo desconfiada. Durante la crisis del euro, la distancia entre los dos Países aumentó: Berlín, a la cabeza de un grupo de Países « virtuosos », pidió a Italia principalmente el respeto de las reglas fiscales, y faltaba la idea de una relación realmente estratégica. Sin embargo, el diálogo no se interrumpió, aunque se mantuvo suspendido, privado de una cornisa capaz de soportar el peso político y económico.
La firma del Plan de Acción italo-alemán en 2023 ha marcado un giro, haciendo estructural un diálogo que antes dependía demasiado de las circunstancias. Esta elección tiene sentido sobre todo hoy, cuando se vuelve cada vez más difícil separar las dificultades que enfrenta Italia de las que enfrenta Alemania. La crisis iniciada en 2022 ha mostrado que las industrias italianas y alemanas crecen y sufren juntas, reaccionando juntas a las decisiones tomadas a nivel europeo. Por ejemplo, en agosto 2025, una contracción de la producción industrial alemana del 7% respecto a febrero 2022 ha correspondido a una contracción de la italiana del 6%, mientras que en el mismo período, la producción industrial francesa ha crecido del 1%. Es evidente que las filas italo-alemanas atraviesan fronteras que la política no puede permitirse mantener rigidas.
En los últimos años, esta interdependencia ha sido cada vez más evidente también para los decisores políticos. A nivel europeo, el continente no está atravesando una crisis pasajera sino una fase de adaptación compleja, en la que reglas pensadas para un mundo más estable y « estático » muestran muchos de sus límites. El debate sobre la simplificación, aunque ha asumido tonos ideológicos y ha dividido la clase política europea, nace de esta fricción creciente entre un aparato normativo cada vez más articulado y una economía que fatica a transformar innovación e inversiones en crecimiento efectivo y sostenible. Este tema está hoy al centro de la agenda europea, indicando un cambio significativo en el consenso político alrededor del enfoque europeo, que hasta el año pasado ponía al centro el principio de precaución incluso cuando los costos asociados a su defensa eran medibles y significativos.
En este paso, la convergencia entre Roma y Berlín pesa mucho. Alemania, tradicionalmente atenta a la solididad y estabilidad de las reglas, se confronta con una industria en grave crisis y que pide una profunda revisión del existente. De converso, Italia, por años percibida como el País de las excepciones y los « sforamientos », llega a este punto de encuentro con un perfil más creíble, hecho de fuerte estabilidad política y mayor prudencia fiscal. Este punto de encuentro reduce viejas desconfianzas y abre un espacio político nuevo, sobre todo cuando se trata de incidir en las decisiones de la Comisión y del Consejo. Lo mismo vale para el digital y para la inteligencia artificial.
La Unión Europea ha elegido intervenir pronto, construyendo un cuadro normativo ambicioso que refleja una precisa idea de tutela de la privacidad y responsabilidad de las empresas que ofrecen servicios digitales. Hoy, la cuestión es cómo hacer convivir esta postura con la necesidad de no perder el tren de la digitalización más en general, y de la IA en particular. Sia para la industria, sia para los consumidores de estos nuevos servicios, que serán siempre más los trabajadores de hoy y mañana. También aquí, Italia y Alemania llegan desde experiencias diferentes. Roma mira a la IA para transformar y dar más herramientas a un tejido productivo fragmentado, mientras que Berlín piensa a la modernización de la gran industria.
Trovare un nuovo equilibrio non sarà semplice, ma è chiara la consapevolezza di tutti gli attori che sia necessario evitare che l’Europa resti intrappolata in soluzioni pensate più per limitare i rischi che per cogliere opportunità. Il senso del bilaterale di questi giorni sta in questa consapevolezza condivisa. Italia e Germania devono cercare di far leva su una relazione finalmente strutturata per poter incidere, in maniera congiunta, su una fase in cui l’Unione sta ripensando profondamente il proprio modello economico.
La sfida per l’Europa
Se Roma e Berlino riusciranno a far pesare questa convergenza sul piano delle riforme, il loro dialogo non resterà confinato ai bilaterali. La sfida successiva sarà far « digerire » gli orientamenti italo-tedeschi ai partner europei. Quest’anno e i prossimi dimostreranno se l’Europa, che si muove faticosamente e a geometrie variabili, riuscirà a costruire un nuovo consenso continentale sulle nuove strade per la ripresa economica del continente.
