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Si si rompe la tregua tra Tailandia e Cambogia spinta da Trump?

La Tailandia e il Cambogia hanno una disputa storica e recente di confine. Una mina antiuomo ha ferito quattro soldati tailandesi, sospendendo un cessate il fuoco.
Mappe e immagini di aree di confine disputate e vittime di mine terrestri.

La leva commerciale statunitense non siempre resuelve conflictos con raíces históricas y identitarias profundas, como las disputas de frontera entre Tailandia y Camboya, que resurgen a pesar de las mediaciones internacionales. El lunes 10 de noviembre de 2025, cuatro soldados tailandeses resultaron heridos por la explosión de una mina antipersona durante una patrulla rutinaria cerca de la frontera camboyana, en la provincia de Sisaket. Este incidente ha llevado a Bangkok a suspender la “Declaración Conjunta del Primer Ministro del Reino de Camboya y del Primer Ministro del Reino de Tailandia sobre los resultados de su reunión en Kuala Lumpur, Malasia”, un documento firmado el 26 de octubre de 2025 bajo la supervisión del presidente malasio Anwar Ibrahim, a la presidencia de turno de la ASEAN, y del presidente estadounidense Donald Trump durante el vertice regional de Kuala Lumpur. Aunque no se trata de un verdadero acuerdo de paz, la declaración representaba un alto el fuego formal y un compromiso recíproco de favorecer la desescalada militar a lo largo de la frontera.

Reacciones de los mercados internacionales

Después de meses de tensiones, a finales de julio de 2025, Tailandia y Camboya se habían enfrentado nuevamente cerca del templo de Preah Vihear. Los enfrentamientos habían provocado días de combates intensos, causando la muerte de alrededor de cuarenta personas, entre militares y civiles, y obligando a cientos de miles de habitantes a huir de las zonas de frontera. En esa fase aguda, el presidente malasio Anwar se había ofrecido como mediador para una tregua, en el intento de reafirmar el principio de solidaridad y cohesión regional de la ASEAN. Su iniciativa fue posteriormente apoyada por el presidente Trump, que había ejercido una fuerte presión económica sobre ambos países. Después de los primeros días de enfrentamientos, Trump había amenazado con interrumpir los negocios comerciales con Bangkok y Phnom Penh, ambos duramente golpeados por los aranceles estadounidenses impuestos por la política proteccionista de Washington, si no habían aceptado poner fin inmediatamente a las hostilidades. Temerosos de sufrir graves consecuencias económicas, los dos gobiernos habían suspendido los enfrentamientos el 28 de julio, aceptando luego de reunirse durante el cumbre ASEAN de octubre y firmar el acuerdo.

La Declaración Conjunta preveía la cesación inmediata de las hostilidades, el retiro de los medios militares pesados de las áreas de frontera, un reforzamiento de las operaciones de desminado y de limpieza de los residuos bélicos, además de la devolución de 18 prisioneros camboyanos por parte de Tailandia. Sin embargo, la explosión del 10 de noviembre interrumpió bruscamente este frágil camino de distensión. El gobierno tailandés acusó a Phnom Penh de haber colocado nuevas minas en un área de patrullaje regularmente utilizada por el ejército, suspendiendo de consecuencia la devolución de los prisioneros prevista a breve. La Camboya, por su parte, rechazó cualquier acusación, reafirmando su adhesión al acuerdo y negando haber colocado nuevos artefactos, en conformidad con los compromisos previstos por la Convención de Ottawa sobre el bando de las minas antipersona.

Según las declaraciones del gobierno de Bangkok, el país estaría dispuesto a reanudar el diálogo si la Camboya presentaba excusas oficiales por el incidente. Sin embargo, tal movimiento implicaría una admisión de responsabilidad por parte del gobierno camboyano, cosa que Phnom Penh no parece dispuesto a hacer. El entero episodio demuestra los límites del uso de la presión económica como herramienta de diplomacia coercitiva. Aunque puede producir resultados inmediatos, difícilmente logra consolidar una paz duradera en contextos donde el conflicto tiene raíces territoriales y simbólicas profundas.

Algunas de las causas de tensión entre Tailandia y Camboya a lo largo de la frontera son más evidentes que otras. En los últimos meses, ha contribuido a exacerbar la situación el ampliación de la red vial camboyana que conecta a la provincia de Preah Vihear, un proyecto que permitiría la construcción de nuevas posturas militares cerca de la línea de frontera, reforzando la presencia del ejército camboyano en áreas estratégicas. Paralelamente, Tailandia ha lanzado una campaña de represión contra la industria de las estafas en línea, un fenómeno en crecimiento a lo largo de la frontera y conectado a redes delictivas en el lado camboyano. Estas actividades ilegales representan una cuota significativa de la economía camboyana, alimentando intereses políticos y económicos que contribuyen indirectamente a inaspirar las relaciones entre los dos países.

Las tensiones entre Tailandia y Camboya también derivan de cuestiones históricas y simbólicas relacionadas con la herencia colonial y la construcción de las identidades nacionales de los dos países. Las raíces de la disputa se remontan a los tratados establecidos a principios del siglo XX entre Siam (actual Tailandia) y Francia, entonces potencia colonial en Indochina. Los límites en la región trazados durante el período de la colonización francesa de la península generan todavía hoy rivalidades y reclamaciones contrapuestas. Para los países involucrados, la frontera no es solo una línea geográfica: es un símbolo de soberanía y orgullo nacional, la protección de la cual se vuelve ciclicamente el centro de los debates públicos en momentos de fragilidad de la política interna.

Per la Thailandia, le dispute di confine con la Cambogia rappresentano da tempo uno strumento di legittimazione politica e di consolidamento interno. L’idea di una nazione minacciata dall’esterno permette ai governi di rinsaldare il consenso nei momenti di crisi e, al tempo stesso, consente alle forze armate di raffermare il proprio ruolo centrale come garanti dell’unità nazionale e custodi della stabilità politica. In un sistema in cui l’esercito, insieme alla monarchia, costituisce uno dei due pilastri fondamentali del potere, i conflitti di frontiera possono diventare un meccanismo di coesione. Alimentano la narrativa di una Thailandia forte, non soggetta a pressioni esterne, rafforzando l’ideologia nazionalista che sostiene l’establishment conservatore.

La crisi di leadership in Thailandia

Non sorprende dunque che, in una fase di forte instabilità politica, le tensioni al confine con la Cambogia siano riesplose con forza. Negli ultimi anni, la Thailandia ha attraversato una profonda crisi di leadership. Dal 2023 si sono succeduti tre primi ministri in rapida successione, in un clima di polarizzazione crescente. Dopo le elezioni del 2023, vinte dal partito riformista Move Forward, di ispirazione progressista e anti-establishment, la coalizione conservatrice, sostenuta dai militari e da settori della monarchia, ne ha bloccato la salita al potere, impedendo al leader Pita Limjaroenrat di diventare premier. Al suo posto è stato nominato Srettha Thavisin, del partito Pheu Thai, legato alla famiglia Shinawatra. Pur essendo stato più volte in conflitto con le forze conservatrici nel paese, il Pheu Thai era percepito come un organo più “gestibile” e meno minaccioso per lo status quo rispetto ai riformisti di Move Forward. Tuttavia, il governo Thavisin è durato meno di un anno. Nel 2024, la Corte Costituzionale, organo vicino al potere conservatore, ne ha decretato la rimozione, aprendo la strada alla nomina di Paetongtarn Shinawatra, figlia dell’ex premier Thaksin Shinawatra, uno dei politici più influenti e divisivi della storia recente thailandese. Anche la leadership di Paetongtarn è stata breve: nell’agosto 2025 è stata rimossa dall’incarico dopo la diffusione di una telefonata privata con l’ex primo ministro cambogiano Hun Sen, in cui la premier sembrava assumere toni eccessivamente concilianti verso Phnom Penh, in piena crisi al confine. Inoltre, le parole utilizzate dalla ex-premier nella telefonata sono state giudicate irrispettose nei confronti delle forze armate e utilizzate dai suoi avversari come prova di debolezza e disallineamento con l’esercito, accelerando la sua caduta politica. Alla guida del governo è così salito Anutin Charnvirakul, leader del partito Bhumjaithai, forza conservatrice e nazionalista. Il nuovo esecutivo ha adottato una linea dura nei confronti della Cambogia, in modo da ricompattare l’opinione pubblica attorno al tema della difesa della sovranità e, allo stesso tempo, rafforzare la propria posizione interna.

La percezione della Cambogia

Per la Cambogia, la disputa di confine con la Thailandia tocca un profondo nervo scoperto della memoria nazionale. Nella percezione collettiva, la Cambogia è da secoli una nazione posta al crocevia tra potenze più forti: prima il dominio coloniale francese, poi le ingerenze di Vietnam, Thailandia e Stati Uniti. La difesa del territorio è un elemento cruciale della sua identità contemporanea. Cedere alle pressioni di Bangkok equivarrebbe, nell’immaginario politico cambogiano, a mettere in dubbio la propria indipendenza e a riaprire le ferite storiche legate alla perdita di terre e sovranità subite nel corso del Novecento. In questo contesto, il conflitto di confine offre al premier Hun Manet un’occasione cruciale per consolidare la propria posizione politica. Succeduto al padre Hun Sen, che ha governato il Paese per quasi quattro decenni, Hun Manet si trova a guidare una transizione delicata: deve dimostrare continuità con l’eredità del padre basata su stabilità, autorità e sviluppo economico, ma anche marcare una discontinuità simbolica, presentandosi come leader autonomo e capace di difendere la dignità nazionale. La riacutizzazione delle tensioni con la Thailandia gli offre quindi uno strumento di legittimazione interna, utile a rafforzare il consenso del Cambodian People’s Party (CPP) e a presentarsi come il garante della sovranità e dell’orgoglio cambogiano in una fase di successione politica ancora fragile.

Le tensioni di questa estate riassumono questa dimensione identitaria: siti storici che diventano spazio conteso di memoria e appartenenza, dove rivendicazioni territoriali e costruzione di identità nazionali si intrecciano. Alla luce delle motivazioni che hanno portato al riemergere del conflitto, era prevedibile che un accordo sponsorizzato da attori esterni non potesse garantire una tregua duratura. Di fatto, la decisione di sospendere le ostilità a luglio e la firma del “Joint Statement” tra Thailandia e Cambogia non sembrano essere nate da una reale volontà di riconciliazione o di mettere da parte orgogli nazionali, ma da forti pressioni economiche esercitate da Washington.

La diplomazia commerciale di Trump

Trump, nel corso del suo secondo mandato, ha fatto della diplomazia commerciale una delle principali leve della politica estera statunitense, colpendo sia rivali, come la Cina, che partner economici, come i paesi ASEAN. Durante il “Liberation Day” di aprile 2025, aveva annunciato l’imposizione di nuovi dazi del 49% sulle esportazioni cambogiane e del 37% su quelle thailandesi, giustificandoli con la necessità di “riequilibrare” i rapporti commerciali con l’ASEAN. Una misura che minacciava di colpire duramente due economie fortemente export-oriented, entrambe dipendenti dal mercato statunitense per buona parte del proprio export complessivo, in particolare nei settori tessile, elettronico e agroalimentare.

Di fronte alla prospettiva di un crollo delle esportazioni e a un possibile rallentamento della crescita, Bangkok e Phnom Penh si sono viste costrette ad accettare la sospensione delle ostilità, nella speranza che l’accettazione della mediazione americana portasse a un alleggerimento dei dazi. Di fatto, dopo la firma dell’intesa, Trump ha trovato un accordo con Thailandia e Cambogia per ridurre i dazi al 19% e concedere esenzioni parziali su alcuni settori strategici, presentando l’accordo di cessate il fuoco tra i due paesi come un successo della diplomazia economica statunitense e come “prova” dell’efficacia delle sue politiche di pressione nel portare stabilità al sistema internazionale.

La tregua breve e la fragilità dell’intesa

Tuttavia, la tregua ha avuto durata breve e, nell’arco di poche settimane, gli incidenti di novembre lungo il confine hanno fatto riaffiorare le tensioni latenti e messo in luce la fragilità strutturale dell’intesa. Il cosiddetto “accordo di pace” si è rivelato per quello che era: un compromesso tattico, ottenuto per ragioni economiche più che politiche, e privo di un reale consenso interno nei due Paesi.

Lezioni per Washington

Per Washington, il caso dovrebbe servire da monito. Le misure economiche coercitive, per quanto possano portare a risultati apparentemente immediati e positivi, non possono sostituire la diplomazia politica quando il conflitto affonda in dinamiche storiche e identitarie. L’uso frequente e opportunistico della leva commerciale rischia non solo di produrre effetti temporanei, ma anche di indebolire la credibilità statunitense come mediatore imparziale nel Sud-est asiatico, regione dove le percezioni di sovranità e rispetto reciproco contano spesso più dei vantaggi economici di breve periodo.

I leader si impegnano in negoziati commerciali in presenza di sanzioni economiche e diplomazia.